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martes, 8 de marzo de 2011

DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER TRABAJADORA‏


Como indica un pasaje del Manifiesto del Partido Andalucista también son mujeres luna las que dieron el pecho a sus hijos y lo pierden ahora sin salir de casa.
Todas ellas han aceptado con resignación que las mintieron, que no recibirán aquella paga prometida por trabajar a destajo en la clandestinidad de su hogar.
Y también son mujeres luna las trabajadoras del campo andaluz. Las jornaleras. Estén en el tajo o paradas en sus pueblos.
A todas y todos nos escama que la igualdad entre géneros se haya convertido en un tótem deslocalizado. Nuestros legisladores se limitan a copiar normas europeas, olvidando que los contextos jurídicos y materiales son radicalmente distintos para una mujer en Suecia que en Andalucía.
Porque las políticas de igualdad parten de un presupuesto equivocado: no son iguales las diferencias. Un caso sangrante es el trato de las jornaleras andaluzas y mujeres de parados andaluces. Pronto se abrirá el plazo para inscribir niños y niñas en las guarderías andaluzas. Salvos casos excepcionales, se privilegia a las parejas con empleo y se penaliza a quienes no lo tienen. Este criterio obedece a una lógica impecable en sociedades con un paro insignificante: si un miembro de la pareja no quiere trabajar ni quedarse con el niño, que pague el servicio de guardería.
Pero es una locura en sociedades como la andaluza donde una cuarta parte de la población no encuentra trabajo porque no lo hay. Eso implica una doble discriminación: antes que pagar los casi 300 euros mensuales por la guardería, uno de los demandantes de empleo se queda en casa. ¿Y adivinan quién es? La mujer. El centro pierde una plaza. Es decir, muchas. Y si es concertado, es más que probable que tiemblen sus cuentas y las piernas de las personas contratadas (mujeres en su mayoría). En consecuencia, se discrimina a la mujer parada y a la mujer trabajadora: una condenada a no encontrar empleo y la otra a perderlo.

También son mujeres luna las emprendedoras que trabajan día y noche fuera de casa para volver a trabajar en casa cuando regresan agotadas. Y las mujeres luna con carrera que están protagonizando una segunda emigración en busca de empleo cualificado fuera de Andalucía. No es un problema que tengan otras comunidades. Ocurre aquí y aquí debemos encontrar solución. Nosotras que somos feministas y andalucistas hemos aprendido que los hombres y las mujeres no habitan en burbujas en el limbo, sino en un espacio y tiempo concretos. En culturas y estructuras políticas concretas. Y con problemas concretos que se resuelven con partidas presupuestarias y competencias jurídicas concretas. No es igual ser mujer jornalera en Andalucía que Ministra en Madrid. De ahí que necesitemos mecanismos jurídicos y económicos netamente andaluces para solventar los problemas específicos de las mujeres de Andalucía.

En verdad, todas las mujeres son mujeres luna. Y todas ellas, todas nosotras, como decía Adrienne Rich, “lo que necesitamos como mujeres no son expertos y expertas sobre nuestras vidas, sino la oportunidad de nombrar y describir las verdades de nuestras vidas tal como las hemos conocido”. Esta es nuestra verdad. Quieran los dioses o la ciencia que se extinga la especie de las mujeres luna porque ya no necesiten disparar más flechas. Y quieran los dioses y la ciencia que la luz femenina que irradian permanezca intacta sobre la tierra, para que las sombras del pesimismo inútil dejen de oscurecernos los ojos y de agriarnos la sonrisa. Porque nada hay comparado con la vida. Y la vida, como la tierra y la luna, como la paz y la esperanza, como la libertad, como Andalucía, tiene nombre de mujer.

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